Más noticias alarmantes desde el frente de Corea del Norte

Más noticias alarmantes desde el frente de Corea del Norte

La “madre de todas las bombas”, apodo legítimo para un artefacto destructivo que pesa casi diez mil kilos, lanzada este jueves por EE.UU. en una zona remota y deshabitada de Afganistán, es un hecho espectacular pero menor en impacto militar y político que el ataque con decenas de misiles Tomahawk contra una base aérea de Siria, el pasado 7 de abril. Aquel golpe fue una demostración de fuerza exhibida hacia el mundo sobre un pequeño nido de terroristas del ISIS ocultos en unas cuevas cerca de la frontera con Pakistán. Es una zona que esa organización, ahora en retirada, denominó en su momento de auge la provincia de Jorasan del Califato que pretendía expandir por toda la región. La decadencia de la banda explica que había ahí solo un puñado de combatientes, ocultos en cuevas que destruyó el gigantesco proyectil. No tendrá otros efectos. El ataque en Siria, en cambio, involucró a EE.UU. de un modo que no lo había estado en la guerra civil que se libra en el país árabe. Si esa acción no produce consecuencias ulteriores, de modo especial el relevo del régimen de Damasco y/o la ruptura de sus lazos con Moscú, Washington no podrá eludir la presión para insistir con nuevas incursiones y quedará atrapado en ese nuevo pantano.

La suma de estos dos episodios revela, sin embargo, mucho más de lo que parece. Por encima de sus detalles, ambas acciones describen a un Washington decidido a actuar de un momento al otro y sin cuidar las formas. Ese comportamiento nace, en parte, de la circunstancia doméstica del gobierno de Donald Trump, que ha sido un hábil constructor de derrotas desde que asumió hace menos de cien días. Los reveses lo han obligado a eliminar o modificar puntos centrales de su agenda aislacionista y reescribir sus discursos. De modo que el perfil militarista lo restaura, con el guiño incluso de la oposición demócrata y de los tradicionales republicanos, y lo aleja de la percepción de presidente fracasado. El costo es que un comportamiento de esa índole debe verificarse de modo constante después de haber dado el primer paso, de ahí quizá el extremo quirúrgico de las operaciones evitando incómodas bajas civiles.

Para los enemigos de Norteamérica, esta novedad los obliga a asumir una carrera de sobrevivencia, con mayores gastos militares y amenazas desgastantes debido a que nada esta ya dentro de lo previsible y se ha roto el esquema de equilibrios previo. Es ahí donde aparece en el blanco central, como una criatura inevitable, la peligrosa dictadura feudal pseudo comunista del norcoreano Kim Jong-un. Este fin de semana, la tensión ha escalado porque se teme que celebre hoy el 105° aniversario del nacimiento de su abuelo Kim il-sung con un nuevo ensayo nuclear. La palabra guerra se ha multiplicado en los mensajes de la satrapía norcoreana, y hay indicaciones precisas de movimientos que confirmarían la inminencia de una nueva detonación, el sexto ensayo del ciclo iniciado en 2006. El anterior coincidió con el aniversario del nacimiento el país en 1948.

La narrativa clásica desde las épocas en que el ex presidente George W. Bush colocó al régimen en un eje del mal junto a Irán e Irak, es que es imposible tocarlo militarmente por la veloz capacidad de reacción y daño que produciría sobre sus vecinos. Incluso antes de los actuales desarrollos misilísticos, frente al Paralelo 38 que divide a la península, ya había once mil lanzadores apuntados a Corea del Sur y Japón. “Podrían disparar 500.000 tandas sobre Seúl o Tokio antes de finalizar la primera hora de un eventual conflicto”, escribieron hace ya tiempo, los analistas Victor Cha y David Kang en Foreign Policy.

El agravante es que el régimen logró subir la vara y ahora prueba proyectiles de mediano y expectativa de largo alcance. El think tank conservador estadounidense Heritage Foundation, calcula que contaría ya con hasta 16 bombas atómicas. Es posible que las haya miniaturizado, además, para instalarlas en un misil balístico de alcance medio capaz de generar un holocausto nuclear en Japón, país que sabe bien de qué se trata ese horror. Es interesante que el conocimiento para lanzarse a la aventura atómica y la misilística, Corea del Norte lo obtuvo de un aliado de EE.UU. Abdul Qader Khan, el padre de la bomba nuclear paquistaní, por cierto, una nación asociada históricamente a China, fue quien hizo el trasiego de esa tecnología cuando Washington se ocupaba de dominar Irak usando las bases y el apoyo terrestre de esa nación asiática. La historia persiste en enseñar que nada nunca es como se supone o se relata.

Ahora, para prevenir esta amenaza que se ha agigantado, EE.UU. alista en Corea del Sur su sistema Thaad concebido para interceptar misiles balísticos. Pero, además, ha despacha- do a la zona el portaaviones USS Carl Vinson con entre 70 y 80 aviones y helicópteros, escoltado por los barcos lanzamisiles, USS Lake Champlain, USS Waine E Meyer y USS Michael Murphi, equipados con 450 tubos para lanzar una lluvia de Tomahawk como los 49 que golpearon en Siria.

Los riesgos son tan enormes que explican los insistentes llamados a la prudencia que ha formulado China, un aliado a disgusto del extravagante gobierno de Kim Jong-un. La apuesta de la República Popular es una negociación que acorrale al régimen, o en sus máximos, que acabe con la dictadura por medio de la fusión con el sur de la península, si así fuera el caso. En esa línea, alienta un posible cambio en el cuadrante a partir de las elecciones anticipadas del 9 de mayo en Corea del Sur. Esos comicios fueron llamados tras la destitución de la presidente conservadora Park Geun-Hye enemiga de cualquier puente con Pyongyang. Una figura que centraliza esa cita de las urnas es Moon Jae-in, del partido Minjoo, duro criticó tanto de la ex mandataria como del aumento del potencial militar norteamericano en su país y favorable, en cambio, a un dialogo con el norte. Beijing supone que un giro político de ese porte reviviría la política Sunshine que rigió la relación entre las dos Coreas desde 1998 con un fuerte aliento de Occidente y que consistía en una combinación de incentivos, envío de alimentos y energía y acuerdos comerciales a cambio de un freno en la amenaza nuclear y militar. Ese ha sido el núcleo de las políticas extorsivas de la dictadura pero finalizó en 2008 por la persistente violación del convenio por parte de Pyongyang que siguió con más arrogancia que secreto sus pruebas atómicas. Cierta especulación sopesa que quizá nada suceda este fin de semana y no haya ensayo de ninguna índole precisamente por la expectativa que despierta ese comicio. Se verá.

Entretanto, detrás de las últimas exhibiciones militares de EE.UU. los especialistas chinos insisten en que no hay puntos de contacto entre Siria y Corea del Norte. El país árabe es frágil, depende totalmente de sus aliados y no constituye una amenaza para los intereses norteamericanos, sostienen esas fuentes. No es lo mismo lo que encierra la trampa norcoreana. Reprochan de ese modo la noción aventurada por algunos analistas norteamericanos sobre que Trump ordenó el ataque a Siria cuando cenaba con su colega Xi Jinping para darle, de paso, una advertencia a China sobre el bando que le conviene apoyar.

La política internacional no se estructura de ese modo, sino en base a fuertes dosis de realismo. En algo aciertan los chinos, un ataque unilateral desprendería los mínimos hilos que sujetan un complejo armado. Beijing no podría abandonar a su incómodo aliado, pero la región en su totalidad entraría en una crisis volcánica con millones de refugiados escapando en masa al sur de la Península y a la propia China con derivaciones regionales imposibles de prever. De eso habla, seguramente, Xi Jinping en su charla diaria telefónica con Trump. Lo más razonable es suponer que es mucho más fuerte el murmullo de lo que se negocia secretamente que lo que el ruido de los cañones en su alistamiento permiten reconocer.

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