10/10/2006 02:01
La Nación - Opinión - Pág. 19

Los No Alineados

Por Lucio García del Solar
Para LA NACION






Terminada la Guerra Fría, que dividía a las grandes potencias y a sus respectivos aliados en dos bloques ideológicamente opuestos, parecía perder razón de ser el Movimiento de Países No Alineados, creado para mantener neutrales a los Estados en desarrollo frente a la confrontación Este-Oeste.
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La idea de fundar un agrupamiento de países basado en la coexistencia pacífica y el progreso para superar el subdesarrollo se originó en 1955 en Bandung, Indonesia, donde el presidente Sukarno había reunido a un grupo de líderes del Tercer Mundo afroasiático. Entre ellos se destacaban estadistas como Nehru, de la India; Nasser, de Egipto; Nkruma, de Ghana, etc. El único europeo que participó fue el mariscal Tito, de Yugoslavia, quien se encontraba en pleno proceso de abandonar la órbita soviética. Tito fue uno de los más activos impulsores del agrupamiento y organizó, en 1961, una reunión cumbre de 25 países en Belgrado. Se fundó así oficialmente el Movimiento de los No Alineados, destinado a mantenerse al margen de las confrontaciones entre el llamado mundo libre y el campo socialista. Algo parecido a la tercera posición de Perón.
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Pero a los 45 años de su fundación, el Movimiento carece del eco que tenía en la prensa internacional y en los medios diplomáticos, por ejemplo, en los tiempos de la descolonización, del enfrentamiento sino-soviético, de la agitación guerrillera en América Central y de la Guerra de Vietnam. El Movimiento era un foro útil para apoyar la independencia y otras causas de los países en desarrollo, particularmente en las Naciones Unidas y demás organismos internacionales. Desde fuera del Movimiento, la Unión Soviética y sus aliados del Pacto de Varsovia cultivaban como uno de los principales objetivos de su política exterior el apoyo a los No Alineados en temas fastidiosos para el campo occidental.
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El desdibujamiento del Movimiento tras la caída del Muro de Berlín se nota, además, en los organismos internacionales. Por ejemplo, en la Unesco, donde los países en desarrollo se juntan en el Grupo de los 77, que originalmente se ocupaba de las cuestiones económicas, pero que ahora ha reemplazado a los No Alineados y ha incorporado a su agenda temas políticos. Esto no quita que el Movimiento siga reuniéndose cada tres años en cumbres presidenciales.
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Así llegamos a la 14» cumbre de La Habana, Cuba, que tuvo una resonancia internacional que ni el propio Fidel Castro hubiera imaginado pocos meses antes.
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¿Por qué resucitó el Movimiento con tanto vigor en la prensa internacional? Ciertamente, no por el interés de los temas de su agenda, casi todos repetidos, que confecciona habitualmente el país anfitrión con la colaboración de los miembros más activos, a la cabeza de los cuales siempre está la propia Cuba. Lo que a los medios internacionales les interesó enfocar a toda hora fue la conmoción por el estado de salud del presidente cubano, cuya internación precedió en pocos días a la reunión de los No Alineados. Una coincidencia imposible de prever. La actitud del gobierno cubano creó un extraordinario suspenso al esconder totalmente no sólo a su presidente enfermo, sino también a quien éste había designado sucesor provisional, el hermano Raúl, que no aparecía por ningún lado.
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Todo ello dio pie a especulaciones a granel sobre la naturaleza del mal que el presidente padecía, sobre si estaba convaleciente o muerto, sobre si asistiría a la Cumbre que debía presidir, etc. Hasta que de repente fue mostrado en la televisión cuando su mejor alumno, el original presidente de Venezuela, Hugo Chávez, visitó a Fidel donde estaba internado. Repitió la visita unos días después, apenas llegado a La Habana para la Cumbre, ocasión que aprovechó Raúl Castro para aparecer públicamente al fin.
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La televisión mostró a un Fidel Castro algo disminuido y adelgazado, pero vivito y razonablemente coleando. La imagen se repitió después urbi et orbi ,pero esta vez con Castro visitado por el diputado argentino Miguel Bonasso, "en exclusiva", como dirían sus colegas de la prensa.
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¿A qué se debió semejante privilegio? Hasta donde se sabe, Chávez y Bonasso fueron los únicos visitantes del presidente enfermo, mostrados por la CNN durante esos días de la conferencia de los No Alineados. Particularmente, sabiéndose que la Argentina se había ido del Movimiento en 1991, en tiempos de las relaciones carnales del presidente Menem, pegando un portazo.
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Hay tres categorías de asistentes a las reuniones cumbre: miembros plenos, observadores e invitados. La Argentina asistió, sin ningún anuncio previo aquí, en esta última condición, y la representaron nuestro embajador en Cuba, Darío Alessandro, y el diputado Miguel Bonasso. Con ello se completó nuestro tránsito por todas las categorías posibles. Esa inconstancia no es tan infrecuente en la política exterior argentina.
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Nuestro país no figuró entre los No Alineados hasta 1970, cuando entró con el carácter de observador en la tercera reunión cumbre de Lusaka, Zambia. Curiosamente, el presidente de la República era el general Levingston. Luego, en la de Argel, en septiembre de 1973, la Argentina accedió a la categoría de miembro pleno, durante el gobierno del presidente Perón. Pero durante el gobierno del también justicialista Carlos Menem, bruscamente, en 1991, abandonamos el Movimiento. Chile ocupó el espacio como miembro pleno, restablecida la democracia.
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La ventaja más rendidora de pertenecer al Movimiento se da en los organismos internacionales, donde los países en desarrollo se expresan su solidaridad, acompañando las iniciativas que plantean. La Argentina se benefició de esa actitud solidaria en varios temas de su interés, especialmente en el de las islas Malvinas: su apoyo a nuestra causa solía insertarse en las declaraciones finales de las cumbres .
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Pero así como la Argentina a través del tiempo entró y salió de la categoría de Estado observador, entró y salió de la de miembro pleno y ahora apareció en la cumbre de La Habana como país invitado, los otros dos países de nuestro rango en América latina, Brasil y México, adhirieron originalmente como observadores y nunca cambiaron de posición, exhibiendo una envidiable coherencia en su política exterior.
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No cabe duda de que, siendo el gobierno marxista de Cuba el máximo impulsor del Movimiento, siempre existieron en las cumbres tendencias a la radicalización de la retórica y de las posiciones políticas. Cuando fue miembro pleno, la Argentina ejerció siempre una saludable acción moderadora. Ello era percibido, por ejemplo, por los Estados Unidos. En determinado momento en que se candidateaba a la Nicaragua sandinista para presidir una cumbre y, por consiguiente, el Movimiento, se acercó muy discretamente un representante de la embajada de los Estados Unidos a quien esto escribe, a la sazón director general de la Cancillería, para sugerir que la Argentina se presentara en lugar del entonces temido Daniel Ortega. El presidente Alfonsín, sin dudarlo, esquivó el bulto.
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Está por verse si la inesperada presencia de representantes argentinos como invitados a la 14» Cumbre de La Habana es señal de un propósito de reaparecer en el Movimiento, vista la tendencia progresista del actual gobierno. (El semanario de opinión Debate del 7 de septiembre último se formula la misma pregunta en un artículo sobre la cuestión.) De ser así, nos convendría reingresar por donde empezamos, es decir, como país observador, lugar donde gozaríamos de la buena compañía, entre otros, de los demás miembros del Mercosur, es decir, Brasil, Paraguay y Uruguay, y la de Estados latinoamericanos con prestigio, como México y Costa Rica. A su vez, entre los miembros plenos están, por ejemplo, Cuba, Chile, Perú, Colombia, Venezuela, Bolivia, Ecuador y Nicaragua.
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Los puntos de la declaración final de cada cumbre son adoptados por consenso de los miembros plenos. Los observadores no participan en los debates ni en la formulación de los consensos. Sólo pueden hacer declaraciones.
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Para la Argentina, la ventaja de los países observadores -que no suscriben las declaraciones finales- sobre los miembros plenos es que, por ello, no se vería comprometida en posiciones extremas en perjuicio de países amigos. Y cuando se plantean temas de interés para los países observadores, los miembros plenos, de todas maneras, suelen apoyarlos como propios.
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El autor es embajador. Fue representante de la República Argentina ante la Organización de las Naciones Unidas.